miércoles, 22 de octubre de 2008

Los abogados y el pesimismo (II)

  • por José Enebral Fernández. Director de Marketing e Innovación de Nanfor Ibérica. joseen@nanforiberica.com
  • Los abogados constituyen un colectivo singular, que ha merecido la atención de los psicólogos por su déficit en calidad de vida profesional, relacionado al parecer con su obligado pesimismo. El autor analiza esta realidad y nos propone algunas estrategias para mejorar el aspecto psicológico en el ejercicio de nuestra actividad.
  • La percepción de las realidades en los abogados
    Los seres humanos tenemos una parcial (por incompleta y subjetiva) visión de las realidades y eso complica nuestra efectividad profesional (e incluso la calidad de vida en el trabajo). Estamos limitados por diferentes filtros-obstáculos, tal como explica la neurociencia el funcionamiento del cerebro a partir del de los sentidos; pero yo destacaría, de entrada, que no toda la información llega a los sentidos, ni la que llega es rigurosa y pertinente: este hecho constituye un gran filtro exógeno. Y también recordaría ahora que, pasados los filtros, la atención elige la información que va a la conciencia y envía el resto al inconsciente.
    Cada uno de nosotros hace un particular uso de su atención. En realidad, cuando hablamos de diferentes tipos de personalidad, a menudo nos estamos refiriendo a cómo utilizamos la atención; a si distinguimos lo importante de lo superfluo; a si nos fijamos en los detalles o somos panorámicos; a si nos fijamos en lo positivo o en lo negativo...
    En el ejercicio de la abogacía por seres humanos -muy capacitados, pero con las limitaciones de la especie-, la percepción de las realidades se ve lógicamente condicionada por:
    - El disponer básicamente de la versión del cliente y la información publicada.
    - La particular gestión de la atención y la conciencia.
    - La tendencia y necesidad de ajustarse al formato de las descripciones legales.
    - Los esquemas mentales propios, que afectan a todos los profesionales.
    - La presencia de estereotipos en las partes implicadas.
    - El detenimiento en el estudio-análisis de toda la información.
    - El acierto en los significados, conexiones, inferencias, analogías y síntesis.
    - La habilidad indagadora que, empero y en general, suele ser muy satisfactoria.
    - Sentimientos ocasionales o arraigados, visibles o subyacentes, en torno a los elementos del caso.
    De modo que puede haber alguna información relevante que se nos haya escapado hacia el inconsciente, y precise de la fenomenología intuitiva para emerger de modo oportuno y valioso.
  • Abogados, inconsciente e intuición
    Acabamos de referirnos al inconsciente. Parece tener que olvidar o preterir el abogado los dictados de su yo inconsciente, de sus principios, de sus valores, e incluso de sus sentimientos o su pensamiento holístico y sistémico; viene a ser un experto mecánico de la ley y del funcionamiento de la Justicia, pero no es un ingeniero que deba mejorar los diseños (es decir, las normas, los procedimientos...). Si hay trabajadores y directivos que puedan sentirse a veces bajo la espada de Damocles, el abogado se suele mover más frecuentemente entre la espada y la pared. Impactados quedaríamos si un abogado se saliera del formato. Como anécdota, escuché y no se me olvida, a un abogado dirigirse al juez empleando el término "señor" y fue inmediatamente corregido por aquél: ¡señoría! Quiero decir que, en la medida en que hay sujeción a la norma, puede haber cierta atrofia funcional del hemisferio cerebral derecho.
    Esta especie de reforzamiento (por el uso) de la dominancia del hemisferio cerebral izquierdo viene, sí, a dejar en segundo plano las funciones del derecho, una de las cuales es la intuición: la auténtica joya de la corona entre nuestros recursos mentales. Simplificando las cosas, su valor -el de la intuición- reside en el uso del conocimiento inconsciente; en primera aproximación, la razón usa el conocimiento consciente, y la intuición, el inconsciente (entre otras posibles fuentes). Pero es que tenemos mucho más conocimiento inconsciente que consciente, de modo que la intuición constituye un plus valiosísimo para todos los profesionales. El inconsciente es bastante más de lo que llamamos experiencia: es todo lo aprendido (y lo heredado) sin pasar -porque así lo decidió la atención- por la conciencia.
    El avance científico se ha producido muy a menudo gracias a la mejor sinergia posible entre la intención, la atención y la intuición. Ésta se funde, asocia, o combina en ocasiones con la perspicacia, la casualidad, la inferencia abductiva, la abstracción...; pero también contribuye decisivamente la facultad intuitiva a la innovación en las empresas y a la propia productividad. En el caso del abogado, no es sólo que pueda estar siendo poco intuitivo (lo que, en realidad, nos pasa a casi todos los profesionales), sino que su intuición podría estar siendo enfocada sobre todo a la posible emergencia de dificultades y obstáculos, mientras que el resto de profesionales la utiliza para la emergencia de soluciones e iniciativas, lo que contribuye a su felicidad. Insistiré en esto.
    La conexión entre la conciencia y el inconsciente es proporcional a su cultivo. La profundización en un problema, la inquietud por algo, abre un proceso de incubación que se cierra con una solución (¡ajá!) que acaba apareciendo en la conciencia, quizá cuando menos lo esperamos; poco a poco, todo funciona con más fluidez y las soluciones aparecen con más facilidad: vamos siendo más intuitivos. Ya estará pensando el lector que la fenomenología intuitiva es muy compleja y plural pero, si cupiera una síntesis, digamos que surge un problema, reto, inquietud en la conciencia, y el inconsciente nos procura, antes o después, solución: qué felicidad.
    En la abogacía, parece más bien que la conciencia determina el tratamiento del caso, cómo hay que plantearlo, qué pasos hay que dar, la solución aplicable: hay que hacer esto, hay que hacer lo otro... Sin embargo, el abogado cuenta con una versión parcial de la realidad y le faltan, por ejemplo, datos para prevenir la reacción de la otra parte (o del juez). Su inteligencia consciente e inconsciente, siendo todo lo sólida que podamos imaginar, está limitada por una incompleta información del caso, de modo que su posible intuición, además de orientarse sobre todo a la identificación de dificultades que pueden surgir, se ve probablemente restringida.
    Cuanta más información reciba el abogado, más intuitivo, efectivo y feliz puede acabar siendo. Intuitivo, efectivo y feliz, porque le pueden surgir nuevas formas de alcanzar sus objetivos, o nuevos objetivos qué alcanzar, y tanto desde la razón como desde la intuición; intuitivo, efectivo y feliz, porque puede anticipar complicaciones, reducir incertidumbres, encontrar significados, establecer conexiones, orientar mejor las indagaciones y formular más sólidas alegaciones.
  • Terminando
    Los abogados desarrollan una función social de cardinal trascendencia, y quizá también por ello atraen la atención de los expertos; al leer sobre el tema, yo mismo, enfocado habitualmente a las relaciones entre directivos y trabajadores, me atreví a añadir a lo ya escrito algunas atrevidas reflexiones de consultor.
    Creo, en síntesis, que el abogado, además del serio problema de la entropía psíquica y la dependencia funcional, trabaja con realidades a menudo parciales; y que eso, además de estar relacionado con lo anterior (la insatisfacción), limita el provecho de su potencial intelectual consciente e inconsciente, o sea, de su inteligencia y su intuición. Amparado en la cantidad y calidad de la información manejada, el abogado habría de transformar el pesimismo y la incertidumbre en previsión y anticipación; pero también habría de contemplar quizá una reingeniería de su ejercicio profesional, sacrificando algunos beneficios económicos en pos, y en pro, de paz interior.
    Observen que, en el párrafo anterior, con cierta intención, me he referido al abogado como un estereotipo, y puede que algún profesional de la abogacía, si alguno ha leído hasta aquí, se haya sentido en exceso desdibujado. Dos apuntes: tengamos todos cuidado con los estereotipos, pero practiquemos bien el mandato délfico de autoconocernos. Pero además, antes de terminar hay que subrayar la profesionalidad del colectivo: a pesar de las dificultades recogidas, los abogados nos sacan de muchos aprietos y contribuyen al bienestar de sus clientes. La convivencia necesita de la Ley, y su aplicación ha de contar, entre otros agentes imprescindibles, con los abogados.
    No me permito formular conclusiones. Con estos últimos párrafos solo hago esto: terminar. Mis reflexiones no tenían más intención que la de alentar las del lector. Gracias por llegar hasta aquí. No lo olviden: sean efectivos y felices en su trabajo. Dótense en su actividad, en la mayor medida en que puedan hacerlo, de optimismo realista y de carga autotélica.
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